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    July 25

    Huellas en la Arena

    El sol empezaba ya a ponerse y un suave vientecillo de final de verano, que ahora venía del mar, le estaba poniendo la carne de gallina. Se había quedado dormida unos minutos, arrullada por el sonido de las traviesas olas. Levantó ligeramente la cabeza y observó su propio cuerpo moreno sobre la toalla de baño,  erizándose con el leve escalofrío. La inesperada siesta le hacía flotar aún entre la consciencia y el sueño. Se incorporó sobre su trasero, abrazó sus piernas juntándolas junto a su pecho y oteó las caprichosas nubes rasgadas que hacia el horizonte parecían acariciar y confundirse con la espuma del mar. El sol la envolvió por la espalda devolviéndole algo de calor tibio. Apartó la cabellera que el aire desordenaba sobre su frente para dirigir la mirada hacia las abruptas rocas rojizas, al final de la pequeña playa, buscando al hombre que acababa de rebrotar en su reciente sueño. La fina arena blanca estaba tomando tonos dorados y el mar era ya un manto azul de reflejos metálicos. Una diminuta velita nacarada progresaba desdibujada y tenaz muy a lo lejos. Para acabar de despejarse decidió darse un baño antes de volver a casa. Mientras caminaba por la arena hacia la orilla, rememoró ese amor antiguo que en sueños había vuelto a aflorar como un añorado veneno. Al lanzarse a nadar  creyó notar que las frescas aguas también barrían su mente dejándola en suspensión azul.

     

    Él estaba disfrutando como nunca de su última zambullida. Mientras observaba maravillado los coloridos y silenciosos peces de las rocas sobre el fondo arenoso, le vino bruscamente a la memoria lo que aún debía organizar para regresar a la ciudad. Decidió volver intentando no desanimarse con la maleta que aún debía hacer y el farragoso trabajo que le suponía dejar la casa de la playa cerrada y lista para invernar. Septiembre y principios de octubre era su periodo de vacaciones, y los mejores meses del año porque la poco frecuentada playa, de acceso difícil, quedaba desierta. Salió del mar, desnudo, sacudió la cabeza y vio a cierta distancia una toalla arrugada sobre la arena. Al no ver a nadie en los alrededores supuso que el aire y el mar la abrían arrastrado hasta ese lugar. Tomó el caminito estrecho y ascendente que llegaba justo hasta la puerta de su aislada y pequeña casa encalada, sobre el acantilado. La brisa marina le trajo un aroma que le resultó familiar, pero indefinible en ese momento. Inmediatamente surgió del recuerdo más profundo la evocadora imagen de aquél amor de verano que tan violentamente le había sacudido el corazón. Tenía 20 años cuando pasado el verano decidió ir en auto-stop a buscarla por la zona universitaria, donde ella le había dicho que estudiaba. El teléfono que ella le apuntó en una servilleta de papel era ya de otra pareja de estudiantes compartiendo piso y nuevo curso. No tenía más que la ciudad donde ella le dijo que estudiaba, su nombre sin apellidos y aquella cariñosa  manera de llamarlo “bichito”. No la encontró entre los miles de estudiantes. Los tres días que permaneció en la ciudad los dedicó a conocer mejor sus calles. Hizo nuevos amigos que le ayudaron a olvidar ese amor estival.

     

    Estuvo nadando y buceando largo rato. Al salir del agua la faldita del condenado bañador volvió a traicionarla, revelando en soledad parte de su secreto íntimo. Mientras se secaba volvió a evocar el rostro del chico de ojos verdes cuya mirada la enamoró al instante. Qué pasión entre las olas y esas mismas dunas años atrás... El cielo ofreció tímido su primera estrella: Venus, en la profundidad azul de la tarde a punto de expirar. Recogió su toalla; mientras se marchaba se volvió un momento. Observó sorprendida  la luz en lo alto del acantilado de un farolillo oscilante, en la terraza de una preciosa  y aislada casita blanca; quizás no existiera aquel verano de miel. Al marchar, sus huellas sobre la arena se mezclaron sin llegar a encontrarse.

     

    November 11

    DOSCIENTOS CUARENTA Y NUEVE PELDAÑOS

    Daniel el farero acababa de cenar, tempranito, como siempre. Encendió su desgastada pipa y pensó en subir a la cúpula del faro. El sol pronto se daría un baño de doce horas y la vista ya estaba deseando llenarse de horizonte. Recordó que tenía que recoger la ropa tendida antes de que la humedad de la noche la empapara. Mientras la recogía miró hacia arriba para ver el tronco imponente de su magnífico faro, se encendería en menos de media hora. El mar empezaba a cambiar de carácter y se tornaba más arisco y rumoroso. Entró, dejó la ropa limpia sobre su camastro y emprendió la subida con ritmo pausado: doscientos cuarenta y nueve peldaños subiendo en espiral.

     

    El oleaje y el viento iban en aumento y difuminaban el sonido de sus propios pasos. Mientras ascendía por esa especie de chimenea evocaba imágenes y pensamientos diversos, a la vez que paralelamente contaba los escalones uno a uno… -veintiuno, ventidós…- Recordó casi sin proponérselo la cara risueña de su primera esposa, Adela, –pelo largo, labios carnosos, dulce voz melodiosa, manos de artista y… esa muerte tan inesperada durante su embarazo, muerte prematura y dolorosa, con menos de un año de matrimonio… -Noventa y tres, noventa y cuatro…-. Entre caladas a su ardiente pipa afloró en sus recuerdos a continuación la esbelta silueta de su segunda mujer, Brígida. Era una mujer llena de donaire y de gracia, su caminar oscilante parecía un compás de puntillas, balanceando los hombros. -Ciento trenta y dos, ciento trenta y tres…-Tenía los pechos grandes y desprendía erotismo por cada poro de su piel. Carlitos el hijo que le diera murió con dieciséis años ahogado, intentando pescar a pulmón libre un mero de seis quilos que ganó la batalla. Pocos días después la madre apareció muerta, flotando también en un rincón del acantilado, en la misma calita que apareciera el niño. –Doscientos doce, doscientos trece…- Sintió una dolorosa punzada en el corazón.

     

    Se detuvo un momento, la pipa casi se había apagado. Miró  hacia arriba para observar lo que quedaba de espiral y siguió ascendiendo, contando. A veces tenía la sensación de que el sentido de la vida estaba sujeto y dependía de una misteriosa fórmula matemática, misteriosa pero simple. Había días en que le parecía estar al borde de su descubrimiento, pero pasaba como un soplo entre los vapores del alcohol de Malta para volver a la confusión, al caos. –Doscientos cuarenta y siete, doscientos cuarenta y ocho, ¿y si…?- En el momento que coronaba su escalada abrió los ojos exageradamente, el viento sacudió sus cabellos y el sol ya solo era una pequeña brasa a lo lejos. Inspiró profundamente para recobrar el aliento. Le dio la impresión de que el aire se estaba colando por su cerebro, proporcionándole una contundente pero sencilla clarividencia:

     

             Daniel = (-Adela) + (-Brígida) + (-Carlitos)

                     D = (-A) + (-B) + (-C)

                     D = (-D)

     

    Daniel concluyó que los escalones los tenía hoy que haber contado a la inversa, en cuenta regresiva. Su cuerpo inerte, animado por las olas en aquella fatídica cala dio sentido pleno a la fórmula, a la equivalencia revelada. El faro se encendió, como un guiño al destino, perforando la obscuridad.

    faroC-P

    August 16

    EL INFINITO ERGUIDO

    Cuando aprieto las mandíbulas los dientes sudan saliva. El fluorescente zumbón aploma mi cabeza. Empujado por las circunstancias ahora toca caligrafiar el número ocho. Sigo intentándolo una y otra vez, presionando con fuerza mal medida la húmeda plumilla de frágil y salpicadora punta. ¡¡Qué fastidio, al trazar el deseado y odioso número me ha quedado con la cabecita demasiado pequeña !!. Quiero conseguir que se parezca a una mariposa ese lazo de cerrada y estrecha figura que grande y modélico alardea de su sinuosa forma en la pizarra. A ver ahora…, pues no, me salió asimétrico y con caída a la derecha. Me muerdo la lengua frustrado. Corrijo, otra intentona, ¿cuántas llevo ya? Recobra simetría vertical, pero vuelve a ser acéfalo y barrigón… La página de la libreta ofrece burlona la tortuosa carretera de mis fallidos intentos. Me escuecen los ojos, me empieza a doler la cabeza… Suena la campana, saco el bocadillo del cajón.

     

    Observo temeroso -como si de una pesadilla se tratara- ese enorme y frío patio. Una marea humana, de gente menuda y atronadora, de vocecitas chillonas envueltas en batas blancas, se mueve como una fiera plana en una gran jaula. Sobresalen gigantescas y amenazadoras las figuras de los vigilantes, se abren paso como barcos fantasma. Mastico con dificultad, tengo la nariz tapada y me ahoga; aún así el ambiente huele a lombriz y el agua de la fuente sabe a tubería metálica. A lo lejos la ciudad fuma por sus chimeneas. Entre esa irreal selva de cemento gris está mi casa. Me encantaría estar allí ahora, pero no basta con desearlo… La luz tamizada por las pastosas nubes me obliga a buscar rincones más obscuros.

     

    Miro receloso el reloj del salpicadero: son las ocho de la mañana y me sobra esta bata blanca que me va corta de mangas –pronto estará manchada-… Quizás toda la ropa me sobra. Me pica la cabeza, oleadas de calor emanan de mi interior. Cuánto me gustaría estar ahora buceando desnudo por las aguas de mi playa perdida en el tiempo. Me siento como esas vaquillas de cruel destino que en el periódico viaje de verano veía hacinadas como carga en un camión. Llevo ocho reses en el mío al matadero donde trabajo.  Ruge el motor en las subidas, algunas vacas mugen disgustadas e incómodas. No sé si podré esta vez pasar de la siete…

    El_matarife

    June 14

    NO TE SULFURES...

    Tenía que prestar atención, los peldaños de esa vieja escalera hacia el segundo piso crujían, estaban desgastados y eran desiguales. Arrugó la nariz por el desagradable tufillo mezcla de orines de gato y aceite requemado. Frente a la puerta hizo unas cuantas muecas desentumecedoras y tensó sus músculos de piedra, a modo de precalentamiento. Para acabar y antes de llamar al timbre de la puerta C cerró los puños, sonrió y sacudió su cuerpo como un perro mojado. Aplausos de un concurso televisivo se oían levemente por el rellano. Apretó las mandíbulas, inspiró profundamente y afirmó el nudo de su corbata. Mentalmente visualizó la escena que a continuación debía desarrollarse. -Ding-Dooooong-… A los pocos segundos se entreabrió la puerta, asomando por la estrecha rendija unos ojos exageradamente agrandados tras unas grandes gafas. La mirada desconfiada lo escrutó con extrañeza tras la cadena de seguridad. La brutal patada reventó la endeble firmeza de la puerta, haciendo caer sobre sus posaderas a un desaliñado hombre en bata y zapatillas: -No has pagado los dos últimos plazos del préstamo… y eso no está nada bien…-. Se fue directo al televisor y lo levantó en volandas, como una pluma, arrancándolo del enchufe de la pared para estrellarlo  violentamente contra el suelo, cerca de la cabeza del pobre  inquilino que se acurrucó presa del pánico.

     

    Entre chispas, vidrios rotos y humo, el dolorido y asustado hombrecillo buscó sin éxito sus gafas. Se incorporó con torpeza, retrocediendo tras la única silla del austero comedor, interponiéndola entre los dos a modo de barrera: -por favor…, no se sulfure, lo pagaré todo en cuanto cobre, soy maestro y he tenido problemas económicos, le prometo que…-. Sin mediar palabra el esbirro se abalanzó sobre él. A su vez el desdichado profesor agarró la silla como defensa más que como arma. No le dio tiempo de acabar el gesto.- ¿Problemas económicos?, ¡¡ yo te daré problemas económicos…!!-. Con sus grandes manazas  el sicario lo atrapó por las solapas y le proporcionó una fuerte y sonora bofetada que le hizo caer de nuevo y sangrar por la nariz. Acto seguido empujó la estantería de voluminosos libros volcándola sobre el pobre hombre produciéndose un gran estrépito y desorden: -Una semana más y vendré a cobrar lo que debes y si no “cobrarás” de verdad… y de lo lindo, ja, ja, qué buen juego de palabras-. Se fue riendo, con unas gotas de sudor en la frente y en el pescuezo; dio otra patada a la mesa que saltó hacia la pared hecha pedazos.

     

    -Cariño, ¿te apetece sopa o verdura de primer plato?-. La bestia corpulenta lee la página de sucesos, su sección favorita junto con la de los deportes, -¿eh?, ¡ah, sí!, verdura…-. Deja el diario y mirando como mandril a su magullada mujer le inquiere: -¡¡Oye!!, ¿has pagado al casero con lo que te dejé sobre la mesa?-. Ella deja la sartén y cerrando los ojos aterrorizada le contesta con la voz del miedo y del dolor: -cariño…, es que gasté una parte en unas cosillas imprescindibles para la niña, ya sé que tenemos problemas económicos, no te sulfures amor, te prometo que…-, bruscamente el matón se incorpora furioso -¿problemas económicos?, yo te daré problemas económicos…-.

    Patio+ropa+tendida

    May 13

    FLECHAS VERDES

    Cada paso era un triunfo, una conquista. Gracias a su tenacidad, al bastón y al apoyo de su hija pudo trazar la distancia que separaba su casa del automóvil con menos esfuerzo de lo habitual. Con el motor en marcha su yerno esperaba paciente, amable y reverenciador,   -¿cómo se llama?, siempre se me olvida, qué coche más grande y feo tiene-. Una mañana espléndida se proyectaba llena de sensaciones y por lo excepcional de la ocasión deseaba saborearla plenamente. Con gran esfuerzo la acomodaron en el asiento trasero. En seguida se pusieron en marcha y observó a través del vidrio cómo el mundo empezaba a deslizarse. -¡¡ Roberto !!, no… Alberto, eso es, Alberto-. Con dificultad y entornando sus lagrimosos ojos vio a la vecina Engracia caminando encorvada por la acera, ¿o era la hija? -esa había sido madre muy joven, le gustaba la “vida alegre”..., mira que dio que hablar-. El barrio empezó a quedar atrás. Cuánto había cambiado todo desde la última vez que  salió  para enterrar a Gustavo, su querido esposo. Las viejas casas ruinosas ahora eran edificios de tres plantas, las calles estaban repletas de tiendas de lo más extrañas y variopintas.

     

    Qué bonito paseo le habían propuesto; estaban pasando despacito por el puente que tantas veces cruzara en calesa con su marido y la cría… La niña… casada hacía nueve años ya…, pero aún no le habían dado ningún nieto, -no sé a qué esperan estos dos…- Vio su rostro bañado por el sol reflejado en la ventana, con las sombras acentuando sus profundas arrugas, -con lo guapa que era yo-. Apretó los labios con resignación, asintiendo con la cabeza lo rápido que pasaba el tiempo… y que a ella ya poco le quedaba por vivir. Al menos el parque de la Fuente parecía seguir igual, anclado en el tiempo, lleno de espesura y verdor, de niños y mamás… -un nietecito… cuánto me gustaría tenerlo en mis brazos y llenarlo de besos…,  porque un niño me gustaría más, aunque una niña…-. La calle subía hacía lo alto de la colina, desde ahí podría ver el parque y no muy lejos su hogar, esa vieja casa con solera rodeada de edificios altos dónde había sido tan feliz. -Creo que voy a tumbarme… vaya que fácil resultó la operación, y qué cómoda estoy ahora-.

     

    El coche frenó poco a poco hasta detenerse por completo. La sacaron con suavidad por el portón trasero, no tuvo que moverse para nada, -qué amables que son estos… ¿quiénes son estos dos?, no los conozco, vaya memoria la mía-. Miró los estilizados cipreses que como flechas verdes a punto de salir disparadas apuntaban hacia un cielo cárdeno e inmaculado, -¡¡Oh, que sorpresa!!, me han traído a ver a mi malogrado Gustavo, por eso hay tantas flores, snif, qué buenos que son conmigo-. El calor y la emoción empezaban a tejer nudos en las gargantas de los presentes. Se oyó una plegaria recitada en el rincón, con intimidad, con recato. -Vaya…, ese que está de espaldas se parece a mi difunto marido… ¡¡ pero si es él !!. -. Gustavo se volvió, la miró con un mar de ternura. La abrazó con suavidad y la besó entre aroma de rosas. Dejó caer el bastón. Enlazados se alejaron en silencio, apretados el uno contra el otro, difuminando sus almas entre la fina niebla azul. A las diez de la mañana recibió cristiana sepultura.

     

    cementerio-2

     

    April 25

    SERPIENTES DE FUEGO -ALPHA/SELENE

    La temperatura rondaba los 125 grados bajo cero en la zona oscura y amenazaba  con bloquear su operatividad. Elevó un punto el regulador. La minúscula pila de hidrógeno descargó un voltaje lo suficientemente elevado como para calentar el revestimiento a un nivel aceptable para trabajar con comodidad. Llevaba varias horas recogiendo muestras basálticas y fragmentos de meteoritos exóticos -para la ya muy abultada colección- y había llegado al tope de carga. Así que decidió volver a casa; aún le quedaba la fase analítica y clasificatoria del material recolectado y esa labor le podía entretener más de lo debido. También necesitaba hacer algunas reparaciones básicas de mantenimiento que no podían esperar más, si quería seguir disponiendo de la indispensable autonomía.

     

    El laboratorio-refugio, en la zona bañada tangencialmente por el sol, constaba de dos cúpulas semiesféricas acristaladas de grueso vidrio tintado,  unidas por un pasillo a modo de cordón umbilical. Ocho niveles más por debajo de la superficie hacían a la vez de almacén, depósito y laboratorio. El espacio gigantesco que se había construido 352 años antes empezaba a quedarse pequeño. Por primera vez se planteó el conflicto que supondría para el programa desempeñar sus funciones de investigación geológica cuando el almacén estuviera repleto. Tras cumplir con sus acostumbradas obligaciones llevó a cabo una rutinaria comprobación de seguridad a todos los sistemas que le mantenían activo en aquel medio tan hostil. Todo estaba en orden.

     

    Un vistazo al inmenso firmamento le dejó una melancólica y amarga impresión de soledad, con la mente en suspenso. Sentado en la sala, a salvo del terrible calor del exterior, observó con una curiosidad impropia el espacio infinito y profundo que todo lo rodeaba, como un manto negro de muerte y vida. Le sacudió una extraña sensación de paradoja. Apuntó la vista hacia la Tierra. Ésta, pese a haber transcurrido tanto tiempo seguía iluminando  la Luna, ardiendo como tea, en cadena irrefrenable de gigantescos incendios y destructoras explosiones. Observó absorto cómo esos gusanos de luz rojiza, antaño azul, dibujaban extrañas serpientes de fuego en la gran cúpula de cristal… Jornada tras jornada, año tras año, Hubot V.125 -engendro de cables y circuitos- seguía cumpliendo escrupulosamente las complejas funciones para las que fue diseñado hacía siglos. Auscultó mecánicamente su pulsante y duro corazón de titanio y carbono, sin acabar de determinar si esa acción era fruto del programa grabado en su memoria o un gesto propio de libre albedrío. Su primera pregunta filosófica emergió como un germen de auténtica e incipiente vida: "¿quíén soy?"...

    La_Tierra_roja

    March 01

    VIRUTAS DE HUMO

    El aroma penetrante y seco de la madera y de los barnices inundó sus castigados pulmones. Encendió un pitillo en la semioscuridad del taller. La llama del mechero se reflejó danzarina en sus glaucos ojos, iluminando unas uñas amarillentas de muchos años de tabaco sin filtro. Dio una calada que le llegó al tuétano y activó el diferencial tras unas cuantas toses bronquíticas y espasmódicas que le oprimieron el pecho. Se encendieron los zumbadores  fluorescentes y comenzó a girar lentamente el viejo ventilador del techo. De la radio empezó a fluir como un hilillo invisible una suave y protocolaria música de género clásico. Todo estaba como lo había dejado ayer. Ya sentía la llamada de los tablones con los que estaba trabajando, requiriendo su destreza artesanal. Se acercó al banco principal de trabajo arrastrando los pies, abriendo caminos de virutas esparcidas por el suelo. Deslizó sus manos sobre la delicada y brillante superficie barnizada -hasta con seis capas- con el mismo cariño con que solía acariciar su viejo gato. Sabía que había alcanzado la perfección y advirtió, dando una calada, la mezcla de gozo y felicidad que le proporcionaba el saber que pese a sus años seguía dominando su arte con absoluta maestría.

     

    Pasó parte de la mañana acompañado por Vivaldi, ensamblando la noble madera, concentrado en hacer desaparecer las juntas con la técnica que heredó de su padre, y éste del abuelo Eduardo. Iba a encender otro pitillo cuando un leve mareo le provocó una líquida náusea. Buscó con la mirada contrariada los tarros de barniz y disolventes para comprobar que estaban todos cerrados y no emanaban vapores nocivos. Encendió su cigarrillo y sonrió cuando se dio cuenta de que el humo del tabaco también producía rizos en el aire, como volutas de madera etéreas…Sin darle más importancia continuó su esmerada labor sin dejar de controlar de reojo el redondo y polvoriento gran reloj que como rey absoluto dominaba desde las alturas todo el sombrío taller. Aún le quedaban cuatro horas antes de la entrega del encargo.

     

    Serían las siete y media de la tarde y aún seguía absorto en colocar los dorados herrajes y el forrado interior. Realmente el encargo extremadamente urgente había progresado durante el día gracias a dos paquetes de tabaco, ahora convertidos en apestosas colillas amontonadas y rebosantes en el roñoso cenicero de la mesita, junto al teléfono. Encendió el último cigarrillo de la cajetilla y sonaron tres golpes secos en la puerta del taller. Volvió a mirar el reloj y se dio cuenta que justo había acabado el trabajo. Cansado pero satisfecho abrió envuelto por virutas de humo la puerta de la calle.

    Una figura de fantasmagórico aspecto le espetó:

    - ¿Tiene acabado el trabajo que le encargué?

    - No lo dude señor, soy el mejor… Nunca me habían encargado un “mueble” tan extraño y especial, ¿quién será el propietario del ataúd?

    La macilenta figura de sardónica sonrisa elevó la mirada de ojos huecos y poniéndole ambas manos en los hombros respondió al ebanista antes de que cayera fulminado:

    -El ataúd es para ti…

    Mientras, Mozart iba envolviendo pesadamente la estancia con su solemne Réquiem.

    Mesa_carpintero

    January 04

    EL FARO IMPASIBLE

    Ya todo cambió de tal manera que mis ojos entran en conflicto con mi memoria. Cuántos rincones se perdieron de estos hermosos parajes que conocían de mis travesuras, aventuras y pesquerías de caña, sedal y corcho. Qué placer divino era el rodar por las suaves e inmaculadas dunas de los Montes de Arena, o perderse entre las arenas doradas de gozosas y deshabitadas playas, siguiendo el sinuoso rastro de la culebra o la lagartija local. La puerta de casa, directa al mar. Al viento de levante, recogidos en el discreto patio; cuando lebeche, sentados frente al diáfano mar en la amplia terraza, con lectura en las rodillas y el sol arañando los rojos y arcillosos acantilados del Cabo de Palos cartagenero. Alguna lejana vela o barquichuelo en la lontananza cortando muy lentamente las aguas turquesas refrescadas por el persistente aire. O días de furia levantina con un mar enloquecido bramando por entre las rendijas de las ventanas. De julio a octubre, cuatro meses de niñez veraniega repleta de juegos, ilusiones e infinito compañero de juegos: el mar.

     

    En la adolescencia menguó el larguísimo periodo vacacional, pero nunca la intensidad de sus días, de cada epicúreo minuto saboreado con deleite provocador. Era fácil sentirse el rey de la creación cuando el traje de baño era la prenda más usada durante el día entero. Incluso con la piel desnuda en playas antaño solitarias.

     

    En la actualidad muchos de los recovecos en los que busqué intimidad -a veces amorosa- ya no existen. El poblado pescador casi ha desaparecido, es eminentemente turístico y las casas de veraneantes copan prácticamente todo el paisaje. Prosperidad económica para el pueblo a cambio del sacrificio paisajístico. Los barcos de los escasos pescadores ya se pierden entre las lanchas motoras y los yates. Hoy, ya en la edad madura y como visitante ocasional, la vista se topa con el recuerdo y una emoción de paraíso perdido se apodera de mi corazón. Sólo el poderoso faro parece no inmutarse.

    añosha

    December 15

    EL CONDUCTOR NOVATO

    Sintió cierta desazón al sentarse al volante de su coche aparcado. El ruido ensordecedor le impedía pensar con claridad pero ya se mostraba ansioso e impaciente por incorporarse a la endiablada circulación. En ese momento una conductora con la cara desencajada pasó rozándole. Una mezcla de miedo y emocionante expectación le empezó a manar desde el estómago hacia la boca.

     

    Aprovechando un hueco dio un acelerón y se sumó a la caótica circulación. El corazón parecía que iba a salírsele del pecho, latiendo con brutalidad. Intentó relajarse con profundas y sostenidas inspiraciones. Pero el pulso seguía acelerándose. Por fin ya estaba en movimiento. Los vehículos junto a él se desplazaban con velocidad, amenazadores. Dos conductores en persecución casi le cortaron el paso; redujo su velocidad. Viró bruscamente a la izquierda y pasó entre dos coches que lo miraron asombrados. Había realizado una arriesgada maniobra. Pero un auto le embistió por detrás generando un gran estrépito y dándose posteriormente a la fuga, el muy cobarde…

     

    Giró la mirada para comprobar en qué situación se encontraba. Se había detenido y la circulación parecía un enjambre de avispas. Notó que el mareo le volvía a subir calentándole las orejas. Quiso dar media vuelta pero le cortaron el paso por enésima vez. De improviso encontró un espacio amplio que no podía desaprovechar, aceleró y dio la vuelta en redondo. Inopinadamente un coche se le interpuso y avanzó directo,  frontalmente  contra él. El miedo le inundó, se aferró al volante. El choque fue tremendo pero salió ileso. Una poderosa sirena se sobrepuso a la música y le devolvió a la realidad. Todo se detuvo. Se apeó como la mayoría y se dirigió corriendo a su mamá para que le diera una ficha más para los autos de choque de la feria de su pueblo.

     

    atascos

    December 07

    EL PAÑUELO DE SEDA

    El andén de la estación del ferrocarril rebosaba bullicio y actividad. Un grupo de jóvenes, apoyados sobre sus mochilas y desparramados por el suelo, esperaban con una guitarra risueños y joviales el momento de embarcar hacia su destino. Un par de sonrosadas monjitas de ondulantes hábitos mataban el tiempo paseando ajenas al trajín con la mirada recatada y fija en el suelo. Ir y venir de mozos con maletas, viajeros y familiares de conmovedora despedida. Sintió entonces un mordisco en las tripas. No había probado bocado hacía dieciséis horas. Llevando una mano al estómago intentó aplacarlo con un suave masaje. Miró su billete y sintió que algo le rozaba la espalda justo al subir al tren, como una sombra de espesa tela negra.

     

    A punto de dar las diez de la mañana y sentada en su vagón miró con desazón a través de la ventana cómo los excursionistas daban cuenta de sus nutridos bocadillos. Tragó saliva y notó que alguien se sentaba a su derecha. Pero sólo giró el rostro cuando un hombre se sentó delante de ella. Era muy alto, de tez pálida y pómulos prominentes. Llevaba unas gafas pequeñas y obscuras. El pelo era largo y canoso. Con una extraña sonrisa de finos labios la saludó en un elegante gesto de cabeza. Vestía un inusual y largo gabán negro. De su bolsillo delantero, en el pecho, sobresalía un blanco pañuelo de seda bordado con unas iniciales de color azul que no pudo descifrar. El tren arrancó con una brusca sacudida. Ya eran seis silenciosos pasajeros en el compartimiento. Junto a ella se había sentado una anciana con una cesta y una gallina.

     

    Por la tarde, al despertar de su amodorramiento, vio que todos dormitaban  y se movían al unísono del traqueteo monótono. Entonces vio el huevo. La gallina había puesto uno y estaba al alcance de su mano. Lo tomó sigilosa y disimuladamente. Lo perforó rápidamente con el alfiler de su solapa y lo bebió con hambrienta delicia. Calmada parcialmente su ansia no se despertó hasta que un chirriante frenazo detuvo el tren. De noche, ya en el andén de una estación fría y solitaria, se percató de que en su bolsillo derecho había un bulto extraño. Lo tomó en sus manos. Al abrir el pañuelo de seda encontró un puñado de billetes y monedas. También un papel con dos palabras: “Buen provecho”.

     

    Tren_01

    November 26

    MELODÍA DE VOZ

    El eremita, descalzo y semidesnudo, apenas cubierto con un taparrabos recogía semillas y bayas por los alrededores de su cueva, junto al mar. Unos largos y descoloridos cabellos caían escasos y desordenados por los costados del cráneo. La barba amarillenta y desmedidamente larga le daba cierto aire de ayatolá chiflado. Todo ello en consonancia con una mirada entre pícara e infantil. Poco hacía que su locura lo había empujado a vivir en tan miserables condiciones, como un huesudo neocavernícola, a pocos kilómetros del poblado costero.

     

    Temprano por la mañana, nada más notar que el incipiente sol bañaba sus esqueléticas piernas en su propio camastro –una raída manta sobre unas cañas- se levantaba como impulsado por un resorte. Masticaba cuatro hierbajos o algún proteico insecto capturado a la luz de la pasada luna. Acto seguido se sentaba en cuclillas con las manos entrelazadas frente al inmenso mar, frente al emergente y tibio sol, con su fría y oscura cueva a la espalda.  Oteando el horizonte con mirada escrutadora, balbuceaba lo que podría ser un extraño o incomprensible poema: “…el mar… el cielo… ya no escucho… sus ojos… melodía de voz…”

     

    Una infausta tarde de noviembre, vecinos de la localidad cercana, temerosos de tan extraño y extravagante individuo lo acorralaron y apedrearon en su propia cueva al grito de: “ ¡¡ Es un espíritu…, parece peligroso…, está loco…, nuestros hijos peligran… es un ladrón… es extranjero… !! ”. Mientras el pobre chalado intentaba protegerse la cabeza con sus escuálidos brazos, mascullaba: “…el mar …el cielo… ya no escucho… sus ojos… melodía de voz…”. La gruta fue su tumba. Con grandes pedruscos sellaron la boca de la cueva, enmudeciéndola para siempre. Años después niños del pueblecito marinero cantaban en sus juegos un singular poema que el rumor de las olas y el viento de levante trajo no se sabe cuándo, de origen no aprendido: “…el mar… el cielo… ya no escucho… sus ojos… melodía de voz…”.

     

    Ermitaño+Cueva

    November 24

    JUEGOS DE GUERRA

    Lloviznaba, y sintió un dolor insoportable en la pierna izquierda… Sólo era un niño, ¿cuántos años tendría, once, doce…?. Sin embargo, al apoyarse sobre sus manos y ladear la cabeza allí estaba, fumando, en medio de la calle del destartalado pueblo, con los mocos colgando, con unas grandes botas negras y apuntándole a la cabeza con un humeante kalashnikov. Vestido con un uniforme militar arremangado, sucio, remendado y demasiado grande para un cuerpo a medio desarrollar. El pelo negro pegado a la frente y la cara repleta de surcos -mezcla de cicatrices y chorretones de suciedad- le daban un aspecto feroz impropio en un niño.

     

    Resultaba extraño, sobresaliendo con un brillo vidrioso sus grandes e inquisitivos ojos oscuros, cargados de obscena muerte, se le clavaban como saetas al fondo de la retina. El viejo hizo ademán de incorporarse. En su enloquecida huida había caído sobre un charco de barro. Con una pierna inútil y con las rodillas hincadas en el fango, aún sin haberse incorporado totalmente, vio de soslayo un cegador rayo de luz . A la vez, otro tremendo estampido le sobresaltó el corazón y el estómago.

     

    De costado, con la cara medio sumergida, entrando agua sucia por la boca entreabierta y manando sangre por la sien, pudo apreciar en un último suspiro como unas manos menudas hurgaban entre sus bolsillos, un segundo antes de penetrar en la más absoluta negritud, en el más aterrador y definitivo silencio.

     

    (Entre 300.000 y 500.000 menores combaten en conflictos armados)

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    November 07

    EL CALLEJON

    La calle se angosta en ángulo recto hacia la derecha. A partir de ahí la inestable y parpadeante luz de la lejana farola ilumina avara los sucios rincones de un callejón. Cubos de basura abiertos, rebosantes de nauseabunda y desparramada materia orgánica, plásticos,   botellas, vidrios rotos, insectos y ratas… soberbias ratas de ojos encendidos y tenebrosos.

     

    Un hombre delgado, joven, de tics eléctricos, permanece sentado en el suelo apoyado en la pared. Se balancea nervioso hacia adelante y hacia atrás, oscilante, con ritmo acelerado y ansioso, abrazado a sí mismo, como si quisiera retener su cuerpo huidizo. La “dama blanca”, dominadora e inquietante, llama exigente entre sus sienes a sus hinchadas y anhelantes venas.

     

    Se oye una leve tos… y unos pasos… -alguien se acerca, es mi ocasión…-. Se incorpora y saca una navaja del bolsillo trasero de sus mugrientos tejanos… Irrumpe a contraluz ante la sombra que sorprendida se detiene: -¡¡suelta toda la pasta, vieja estúpida!!-. Sus palabras resuenan como pesadas losas, con eco sordo y siniestro. En la penumbra y con torpe gesto hiere de muerte la carne sagrada y se apodera del mísero monedero. -Estúpida, vieja-. Yace la mujer sangrante sobre un charco de oscuro carmesí. Se arrodilla para arrancarle las escasas joyas. -Vieja estúpida…-. Se acerca al venerable  rostro y sorprendido lleva sus culpables  y manchadas manos a la cabeza, -vieja… mi viejita… ¡¡MAMÁAAA!!.-

    basuras_02

    September 22

    EL ANACORETA

    Sórdidas venas de asfalto

    vestidas de negro luto,

    esqueleto de escorbuto,

    fea red por todo lo alto.

     

    Caminos hacia la Nada,

    pestilentes tuberías

    atascadas cañerías

    de chatarra oxidada.

     

    Muy lejos de este gran lío

    de cemento y alquitrán

    mis razones vienen, van

    como sierpes en el río. 

    April 14

    EL PÁJARO MUERTO

    Entró mojado en el dormitorio, con gran esfuerzo izó la maleta colocándola sobre la cama e inspiró profundamente para recobrar el aliento. La habitación estaba apenas bañada por una luz gris que se colaba tímida por entre la persiana a medio abrir. Afuera, diminutas gotas de lluvia empujadas por el viento, repiqueteaban monótonas contra el sucio vidrio de la ventana. Una gotera empezó a destilar insolente sobre la mesita de noche.

    Colgó la gabardina y se sentó en la cama, junto a su húmeda y gastada maleta. Cerró los ojos y apoyó la barbilla sobre sus manos abiertas. Al fin había sucumbido a lo inevitable: abandonar parte de él, de su patrimonio. Aquello que en sus peores momentos le había proporcionado rescatador apoyo y cobijo. Incapaz de llorar, no había asimilado aún las consecuencias de su obligado proceder.

    Volvió a inspirar con cierta dificultad, emocionado, hipando levemente. Su mirada buscó refugio en los rincones más obscuros de la estancia. Entonces vio en su mente la triste escena y afloraron las primeras lágrimas: su paraguas, compañero y báculo de tantos años había sido destrozado por una despiadada y furiosa ráfaga de viento. Lo abandonó ahí mismo, atravesado sobre la acera. Con su mango curvado de imitación de bambú, con su tela negra rota, con sus varillas desencajadas, como el cadáver de un pájaro negro, descoyuntado, sin vida, muerto.

     

     

    April 07

    ESTOMAGOS DOLIDOS

    Cocinera de pacotilla en una escuela pública, rellenaba su falta de habilidad culinaria con un carácter áspero y antipático. Años entre fogones no le habían enseñado más que su insistente falta de destreza en esa profesión, que más que artesanía es puro arte alquimista.

     

    Pero un día afortunado, la administración vino a colmar los deseos de todos sus obligados y resignados comensales. Se acabó la cocina “casera”, hay que contratar un abastecimiento profesional de comidas por encargo.

     

    Un feliz día de septiembre, estómagos dolidos pero de mentes contentas, votaron democráticamente el fin de la dictadura de la mediocridad alimentaria y devolvieron al comedor (antiguo comedero) la dignidad a la hasta entonces tan vilipendiada profesión.

     

    March 22

    QUIZÁS..

    Creo que hoy reuniré el valor suficiente para atravesar esa pared. Dejaré este encierro y volaré sobre campos abiertos, libre al fin de las ataduras que como red cayeron sobre mí. Seré aire repleto de aromas blandos, seré lo que desee ser. Aspiraré a fundirme con el sol como brasa y fuego…

     

    Iré donde quiera ir. Mi voluntad será mi dictadora. La libertad del reo me espera como el pastel que desea ser saboreado. A sorbitos me beberé como un sibarita la nueva vida que ansiosa y enigmática me espera.

     

    Pero quizás lo deje para otro día… Tal vez no esté tan mal aquí y mi imaginación engañe mis desorientados sentidos. Probablemente estas paredes que me cobijan, me protejan con incomprensible pero decidida ternura. Tal vez esto sea el refugio que como regazo materno nunca debiera abandonar. Quizás… lo deje para otro día… quizás…

     

    March 13

    FUERZA ARROLLADORA

    Había en su mirada una inexplicable capacidad de penetrar en el interior de las personas: directo a la caja oscura de la tensiones emocionales. Era un extraño anciano; su cara surcada por numerosas y profundas arrugas parecían converger hacia las cuencas de una mirada diluida pero clara. Un espeso y fino cabello cano, de honda blancura, acompañaba los movimientos leves de su cabeza, como si de una danza de vals se tratara.   

    Cuando hablaba su vocecita aguda fluía como un hilo a través de unos dientes blancos, enteros y limpios. Si observaba que el interlocutor miraba a su boca se apresuraba a demostrar, pellizcando con fuerza su dentadura, que ésta no era postiza. Sus manos morenas y huesudas se movían según sus palabras, como dirigiendo un gran coro de voces cantoras o modelaran estatuas de aire.

     Y por fin, solo cuando se daba media vuelta y se marchaba con pasito corto y armonioso, al abarcar la totalidad de su cuerpecito estrecho y seco, que uno se percataba del poder que emanaba de semejante figura. Hay personas que se dirigen por la vida bajo el influjo poderoso de un magnetismo incuestionable y acaparador. Por allí se va alejando una de las fuerzas arrolladoras de la Naturaleza… 

     

    February 22

    LA VOZ DE LAS RUINAS

    Paseando por calles estrechas y sombrías del pueblecito reparé en la ventana del piso superior de una ruina cualquiera. Desde el exterior y mirando a través de ella, se podía apreciar el cielo azul y dorado de la tarde. Cuatro paredes agrietadas, descubiertas, sin tejado. Una puerta desvencijada, de madera, cerrada a saber cuántos años hace, con una grande y herrumbrosa cerradura. De improviso me invadió una lánguida melancolía. ¡¡Cuánto silencio en ese momento!!.

     Un sol en retirada traspasaba de través su espacio interior y ensartaba la ventana con amarillentos rayos hacia la calle. Inspirando con indolencia el fresco aire de la tarde, imaginé el trajín de un hogar en plenitud familiar: unos niños de juegos alborotados, una madre canturreando y cosiendo, un padre artesano de manos ocupadas, quizás unos enjutos abueletes de ojos llorosos y mirada tierna al amor de la lumbre … ¿Dónde fueron a parar sus ilusiones, sus proyectos, sus esperanzas...?

    Rompiendo el silencio sonaron las seis en el campanario de la iglesia. La fachada de la casa, como un rostro desconsolado, me miraba explicando su polvorienta historia de felicidades y frustraciones perdidas.¡¡ Ya no hay día que la voz de las ruinas no susurren desoladas en mis oídos !!

     

    February 20

    EL SECRETO DE LA MONTAÑA

    Casi al margen del cielo, la montaña se eleva congelada en el tiempo. Como enorme ola gris permanece detenida por toda la eternidad. Amenazante, arañando temerosas y escurridizas nubes, se sostiene  esperando su gran momento. Siempre a punto de  comunicar su vasto e inconfesable mensaje.

    Tuve la osadía de atravesar sus angostas veredas con pie profanador, con la simple ambición de contemplar desde sus pétreos balcones, lo que desde las alturas ella misma contempla desde que emergió dominadora.

    Pero escojo el instante en que me sentí como ella -duro y poderoso-, entre los numerosos miedos que tuve que afrontar al comprender mi insignificancia. Así pues, cuando la vuelvo a observar alzando el rostro, rememoro el misterioso secreto que su gigantesca mole en privado me inspiró.