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July 25 Huellas en la ArenaEl sol empezaba ya a ponerse y un suave vientecillo de final de verano, que ahora venía del mar, le estaba poniendo la carne de gallina. Se había quedado dormida unos minutos, arrullada por el sonido de las traviesas olas. Levantó ligeramente la cabeza y observó su propio cuerpo moreno sobre la toalla de baño, erizándose con el leve escalofrío. La inesperada siesta le hacía flotar aún entre la consciencia y el sueño. Se incorporó sobre su trasero, abrazó sus piernas juntándolas junto a su pecho y oteó las caprichosas nubes rasgadas que hacia el horizonte parecían acariciar y confundirse con la espuma del mar. El sol la envolvió por la espalda devolviéndole algo de calor tibio. Apartó la cabellera que el aire desordenaba sobre su frente para dirigir la mirada hacia las abruptas rocas rojizas, al final de la pequeña playa, buscando al hombre que acababa de rebrotar en su reciente sueño. La fina arena blanca estaba tomando tonos dorados y el mar era ya un manto azul de reflejos metálicos. Una diminuta velita nacarada progresaba desdibujada y tenaz muy a lo lejos. Para acabar de despejarse decidió darse un baño antes de volver a casa. Mientras caminaba por la arena hacia la orilla, rememoró ese amor antiguo que en sueños había vuelto a aflorar como un añorado veneno. Al lanzarse a nadar creyó notar que las frescas aguas también barrían su mente dejándola en suspensión azul.
Él estaba disfrutando como nunca de su última zambullida. Mientras observaba maravillado los coloridos y silenciosos peces de las rocas sobre el fondo arenoso, le vino bruscamente a la memoria lo que aún debía organizar para regresar a la ciudad. Decidió volver intentando no desanimarse con la maleta que aún debía hacer y el farragoso trabajo que le suponía dejar la casa de la playa cerrada y lista para invernar. Septiembre y principios de octubre era su periodo de vacaciones, y los mejores meses del año porque la poco frecuentada playa, de acceso difícil, quedaba desierta. Salió del mar, desnudo, sacudió la cabeza y vio a cierta distancia una toalla arrugada sobre la arena. Al no ver a nadie en los alrededores supuso que el aire y el mar la abrían arrastrado hasta ese lugar. Tomó el caminito estrecho y ascendente que llegaba justo hasta la puerta de su aislada y pequeña casa encalada, sobre el acantilado. La brisa marina le trajo un aroma que le resultó familiar, pero indefinible en ese momento. Inmediatamente surgió del recuerdo más profundo la evocadora imagen de aquél amor de verano que tan violentamente le había sacudido el corazón. Tenía 20 años cuando pasado el verano decidió ir en auto-stop a buscarla por la zona universitaria, donde ella le había dicho que estudiaba. El teléfono que ella le apuntó en una servilleta de papel era ya de otra pareja de estudiantes compartiendo piso y nuevo curso. No tenía más que la ciudad donde ella le dijo que estudiaba, su nombre sin apellidos y aquella cariñosa manera de llamarlo “bichito”. No la encontró entre los miles de estudiantes. Los tres días que permaneció en la ciudad los dedicó a conocer mejor sus calles. Hizo nuevos amigos que le ayudaron a olvidar ese amor estival.
Estuvo nadando y buceando largo rato. Al salir del agua la faldita del condenado bañador volvió a traicionarla, revelando en soledad parte de su secreto íntimo. Mientras se secaba volvió a evocar el rostro del chico de ojos verdes cuya mirada la enamoró al instante. Qué pasión entre las olas y esas mismas dunas años atrás... El cielo ofreció tímido su primera estrella: Venus, en la profundidad azul de la tarde a punto de expirar. Recogió su toalla; mientras se marchaba se volvió un momento. Observó sorprendida la luz en lo alto del acantilado de un farolillo oscilante, en la terraza de una preciosa y aislada casita blanca; quizás no existiera aquel verano de miel. Al marchar, sus huellas sobre la arena se mezclaron sin llegar a encontrarse.
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