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    May 13

    FLECHAS VERDES

    Cada paso era un triunfo, una conquista. Gracias a su tenacidad, al bastón y al apoyo de su hija pudo trazar la distancia que separaba su casa del automóvil con menos esfuerzo de lo habitual. Con el motor en marcha su yerno esperaba paciente, amable y reverenciador,   -¿cómo se llama?, siempre se me olvida, qué coche más grande y feo tiene-. Una mañana espléndida se proyectaba llena de sensaciones y por lo excepcional de la ocasión deseaba saborearla plenamente. Con gran esfuerzo la acomodaron en el asiento trasero. En seguida se pusieron en marcha y observó a través del vidrio cómo el mundo empezaba a deslizarse. -¡¡ Roberto !!, no… Alberto, eso es, Alberto-. Con dificultad y entornando sus lagrimosos ojos vio a la vecina Engracia caminando encorvada por la acera, ¿o era la hija? -esa había sido madre muy joven, le gustaba la “vida alegre”..., mira que dio que hablar-. El barrio empezó a quedar atrás. Cuánto había cambiado todo desde la última vez que  salió  para enterrar a Gustavo, su querido esposo. Las viejas casas ruinosas ahora eran edificios de tres plantas, las calles estaban repletas de tiendas de lo más extrañas y variopintas.

     

    Qué bonito paseo le habían propuesto; estaban pasando despacito por el puente que tantas veces cruzara en calesa con su marido y la cría… La niña… casada hacía nueve años ya…, pero aún no le habían dado ningún nieto, -no sé a qué esperan estos dos…- Vio su rostro bañado por el sol reflejado en la ventana, con las sombras acentuando sus profundas arrugas, -con lo guapa que era yo-. Apretó los labios con resignación, asintiendo con la cabeza lo rápido que pasaba el tiempo… y que a ella ya poco le quedaba por vivir. Al menos el parque de la Fuente parecía seguir igual, anclado en el tiempo, lleno de espesura y verdor, de niños y mamás… -un nietecito… cuánto me gustaría tenerlo en mis brazos y llenarlo de besos…,  porque un niño me gustaría más, aunque una niña…-. La calle subía hacía lo alto de la colina, desde ahí podría ver el parque y no muy lejos su hogar, esa vieja casa con solera rodeada de edificios altos dónde había sido tan feliz. -Creo que voy a tumbarme… vaya que fácil resultó la operación, y qué cómoda estoy ahora-.

     

    El coche frenó poco a poco hasta detenerse por completo. La sacaron con suavidad por el portón trasero, no tuvo que moverse para nada, -qué amables que son estos… ¿quiénes son estos dos?, no los conozco, vaya memoria la mía-. Miró los estilizados cipreses que como flechas verdes a punto de salir disparadas apuntaban hacia un cielo cárdeno e inmaculado, -¡¡Oh, que sorpresa!!, me han traído a ver a mi malogrado Gustavo, por eso hay tantas flores, snif, qué buenos que son conmigo-. El calor y la emoción empezaban a tejer nudos en las gargantas de los presentes. Se oyó una plegaria recitada en el rincón, con intimidad, con recato. -Vaya…, ese que está de espaldas se parece a mi difunto marido… ¡¡ pero si es él !!. -. Gustavo se volvió, la miró con un mar de ternura. La abrazó con suavidad y la besó entre aroma de rosas. Dejó caer el bastón. Enlazados se alejaron en silencio, apretados el uno contra el otro, difuminando sus almas entre la fina niebla azul. A las diez de la mañana recibió cristiana sepultura.

     

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