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March 01 VIRUTAS DE HUMOEl aroma penetrante y seco de la madera y de los barnices inundó sus castigados pulmones. Encendió un pitillo en la semioscuridad del taller. La llama del mechero se reflejó danzarina en sus glaucos ojos, iluminando unas uñas amarillentas de muchos años de tabaco sin filtro. Dio una calada que le llegó al tuétano y activó el diferencial tras unas cuantas toses bronquíticas y espasmódicas que le oprimieron el pecho. Se encendieron los zumbadores fluorescentes y comenzó a girar lentamente el viejo ventilador del techo. De la radio empezó a fluir como un hilillo invisible una suave y protocolaria música de género clásico. Todo estaba como lo había dejado ayer. Ya sentía la llamada de los tablones con los que estaba trabajando, requiriendo su destreza artesanal. Se acercó al banco principal de trabajo arrastrando los pies, abriendo caminos de virutas esparcidas por el suelo. Deslizó sus manos sobre la delicada y brillante superficie barnizada -hasta con seis capas- con el mismo cariño con que solía acariciar su viejo gato. Sabía que había alcanzado la perfección y advirtió, dando una calada, la mezcla de gozo y felicidad que le proporcionaba el saber que pese a sus años seguía dominando su arte con absoluta maestría.
Pasó parte de la mañana acompañado por Vivaldi, ensamblando la noble madera, concentrado en hacer desaparecer las juntas con la técnica que heredó de su padre, y éste del abuelo Eduardo. Iba a encender otro pitillo cuando un leve mareo le provocó una líquida náusea. Buscó con la mirada contrariada los tarros de barniz y disolventes para comprobar que estaban todos cerrados y no emanaban vapores nocivos. Encendió su cigarrillo y sonrió cuando se dio cuenta de que el humo del tabaco también producía rizos en el aire, como volutas de madera etéreas…Sin darle más importancia continuó su esmerada labor sin dejar de controlar de reojo el redondo y polvoriento gran reloj que como rey absoluto dominaba desde las alturas todo el sombrío taller. Aún le quedaban cuatro horas antes de la entrega del encargo.
Serían las siete y media de la tarde y aún seguía absorto en colocar los dorados herrajes y el forrado interior. Realmente el encargo extremadamente urgente había progresado durante el día gracias a dos paquetes de tabaco, ahora convertidos en apestosas colillas amontonadas y rebosantes en el roñoso cenicero de la mesita, junto al teléfono. Encendió el último cigarrillo de la cajetilla y sonaron tres golpes secos en la puerta del taller. Volvió a mirar el reloj y se dio cuenta que justo había acabado el trabajo. Cansado pero satisfecho abrió envuelto por virutas de humo la puerta de la calle. Una figura de fantasmagórico aspecto le espetó: - ¿Tiene acabado el trabajo que le encargué? - No lo dude señor, soy el mejor… Nunca me habían encargado un “mueble” tan extraño y especial, ¿quién será el propietario del ataúd? La macilenta figura de sardónica sonrisa elevó la mirada de ojos huecos y poniéndole ambas manos en los hombros respondió al ebanista antes de que cayera fulminado: -El ataúd es para ti… Mientras, Mozart iba envolviendo pesadamente la estancia con su solemne Réquiem. |
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