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November 11 DOSCIENTOS CUARENTA Y NUEVE PELDAÑOSDaniel el farero acababa de cenar, tempranito, como siempre. Encendió su desgastada pipa y pensó en subir a la cúpula del faro. El sol pronto se daría un baño de doce horas y la vista ya estaba deseando llenarse de horizonte. Recordó que tenía que recoger la ropa tendida antes de que la humedad de la noche la empapara. Mientras la recogía miró hacia arriba para ver el tronco imponente de su magnífico faro, se encendería en menos de media hora. El mar empezaba a cambiar de carácter y se tornaba más arisco y rumoroso. Entró, dejó la ropa limpia sobre su camastro y emprendió la subida con ritmo pausado: doscientos cuarenta y nueve peldaños subiendo en espiral.
El oleaje y el viento iban en aumento y difuminaban el sonido de sus propios pasos. Mientras ascendía por esa especie de chimenea evocaba imágenes y pensamientos diversos, a la vez que paralelamente contaba los escalones uno a uno… -veintiuno, ventidós…- Recordó casi sin proponérselo la cara risueña de su primera esposa, Adela, –pelo largo, labios carnosos, dulce voz melodiosa, manos de artista y… esa muerte tan inesperada durante su embarazo, muerte prematura y dolorosa, con menos de un año de matrimonio… -Noventa y tres, noventa y cuatro…-. Entre caladas a su ardiente pipa afloró en sus recuerdos a continuación la esbelta silueta de su segunda mujer, Brígida. Era una mujer llena de donaire y de gracia, su caminar oscilante parecía un compás de puntillas, balanceando los hombros. -Ciento trenta y dos, ciento trenta y tres…-Tenía los pechos grandes y desprendía erotismo por cada poro de su piel. Carlitos el hijo que le diera murió con dieciséis años ahogado, intentando pescar a pulmón libre un mero de seis quilos que ganó la batalla. Pocos días después la madre apareció muerta, flotando también en un rincón del acantilado, en la misma calita que apareciera el niño. –Doscientos doce, doscientos trece…- Sintió una dolorosa punzada en el corazón.
Se detuvo un momento, la pipa casi se había apagado. Miró hacia arriba para observar lo que quedaba de espiral y siguió ascendiendo, contando. A veces tenía la sensación de que el sentido de la vida estaba sujeto y dependía de una misteriosa fórmula matemática, misteriosa pero simple. Había días en que le parecía estar al borde de su descubrimiento, pero pasaba como un soplo entre los vapores del alcohol de Malta para volver a la confusión, al caos. –Doscientos cuarenta y siete, doscientos cuarenta y ocho, ¿y si…?- En el momento que coronaba su escalada abrió los ojos exageradamente, el viento sacudió sus cabellos y el sol ya solo era una pequeña brasa a lo lejos. Inspiró profundamente para recobrar el aliento. Le dio la impresión de que el aire se estaba colando por su cerebro, proporcionándole una contundente pero sencilla clarividencia:
Daniel = (-Adela) + (-Brígida) + (-Carlitos) D = (-A) + (-B) + (-C) D = (-D)
Daniel concluyó que los escalones los tenía hoy que haber contado a la inversa, en cuenta regresiva. Su cuerpo inerte, animado por las olas en aquella fatídica cala dio sentido pleno a la fórmula, a la equivalencia revelada. El faro se encendió, como un guiño al destino, perforando la obscuridad. |
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