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    January 24

    DE LO QUE PLATICARON DON QUIJOTE Y SU ESCUDERO SANCHO SOBRE SU FUTURO PASTORIL Y LA SABIA RESOLUCIÓN QUE TOMARON

    (Una cenital y potente luz solar enfoca el centro de la escena)

    (Suena una suave música de corte medieval, unos trinos de pajarillo y unos pasos lentos de dos cabalgaduras a diferente ritmo)

    (Aparecen por un polvoriento camino don Quijote sobre su caballo y su escudero Sancho sobre su jumento)

    (La música se mantiene suavizando su volumen)

     

    Don Quijote: (Inspira con fuerza) ¡Válgame Dios, qué vida nos vamos a dar, Sancho amigo!.

    Sancho: (Entusiasmado) ¡Pardiez, que me gusta tal género de vida!. ¿Y cree, vuestra merced, que en cambiando tan bruscamente de manera de vivir nos acomodaremos a tan sosegada vida, entre balidos de ovejas y cantos pajariles?

    D.Q.: Has de saber, mi fiel escudero, que dicha nueva actividad estará repleta de aventuras: tan pronto seremos acosados por el nocturno y silvestre lobo, ladrón natural del rebaño, como deberemos atender primaverales deseos de alguna agreste y enamoradiza rapaza.

    S.: ¡Voto a tal que la primera parte me acobarda!, pues el temible lobo es de natural ladino y engañoso y nunca viene solo, aunque puestos a cavilar, lo mismo igual que las muchachas que nos aguardan en cercanas aventuras amorosas.

    D.Q.: Cuenta además, querido Sancho, que ya no serás más mi escudero, pues obligado me veo tras mi inapelable y dolorosas derrota en las playas de Barcelona a dejar mi noble oficio, lo que significa que seremos pastores, con trato de igual a igual…

     

    (Se detiene totalmente la música)

    (Se oye un tábano que viene, va y se aleja)

     

    S.: Pero mi señor, vuestra merced hidalgo es, y pretender que yo sea lo mesmo, según mi corto entendimiento y menguada inteligencia, es como dar cornadas al aire.

    D.Q.: (Con indulgencia pero con autoridad). No has de preocuparte, Sancho, que yo procuraré dar lustre y acrecentar tu escasa cultura sin dar el motete. Seré tu maestro durante este año que el Caballero de la Blanca Luna me obliga, según mi promesa de retiro del muy noble y apreciado oficio mío.

    S.: Muy dura es mi mollera, pero acierto a comprender que más valen lobos, ovejas y zagalas, que palos en las costillas, azotes en las posaderas y pedradas en las quijadas, señor.

     

    (Siguen escuchándose suaves trinos de pajarillos silvestres)

     

    D.Q.: (Oteando el horizonte) No te olvides, compañero de aventuras y fatigas, en ir dándote algún que otro azote, que largo se me hace el encantamiento de mi señora Dulcinea, pues no te veo inclinación a resolver prontamente el asunto.

    S.: No tenga fatiga, que cumpliré mi doloroso compromiso, así como vuesa merced dará cumplida cuenta al suyo con los dineros que me han de sanar mejor que ese condenado bálsamo de Perabás.

    D.Q.: (Ceñudo) Fierabrás, ignorante, Fierabrás. No dudes de que te recompensaré por tu valeroso sacrificio, según soy yo caballero de palabra.

    S.: ¡Amén!

    D.Q.: Deberemos además cumplir, como pastores que seremos, en tañer rabeles y laúdes, en componer y cantar canciones gozosas y serranillas amorosas para poner marco conveniente según nos sea el día para uno u otro menester.

    S.: (Sonriente) Paréceme mi amo –que aún lo es- que para eso de pañer enstrumentos yo no sirvo si no es para machacar el arte musical y que sería más de provecho inventando algún chascarrillo.

    D.Q.: No te preocupes, querido Sancho, que conozco bien el ritmo de tus ronquidos y el son ruidoso cuando degustas de la bota de vino.

    S.: En pensándolo bien, mi señor, poca alegría le hará a mi Teresa Panza que rezongue con mozas montaraces, que en seguida huele a cabra joven entre ovejas del rebaño y vuesa merced ha de recordar la fidelidad que le debe a la señora de sus sueños…

    D.Q.: ¡Qué nobleza de espíritu el tuyo!. Haces bien en recordarme lo que mi mente en ocasiones enturbia y confunde. Aquí me das gran lección, Sancho amigo.

     

    (Vuelve a sonar persistente el vuelo del tábano, que va y viene)

     

    S.: Es pues que el oficio que nos proponemos puede ser aburrido y monótono, ¡como esta moscarda que nos acosa, pardiez! (Da manotazos al aire)

     

    (Se aleja el vuelo del moscardón hasta desaparecer)

    (Las dos cabalgaduras se detienen una junto a la otra; silencio total)

     

    D.Q.: (Contrariado) Tal vez incluso sea peligroso volver a nuestra aldea, quizá la Santa Hermandad busque cuentas conmigo por liberar a los desgraciados galeotes…

    S.: Y que nos muelan a palos, muy a su sabor.

    D.Q.: A mi parecer, mi buen Sancho, estos señores de la Santa Hermandad también son de noble oficio, pues aplican la justicia, desfacen tuertos y socorren a los menesterosos, tan en medida como caballero andante que he sido o como gobernador de la ínsula Barataria que tú fuiste, Sancho.

    S.: ¡Buen oficio, pues!

    D.Q.: Acabáseme de ocurrir que si la justicia de esta civil guardia así nos lo consiente, pudiéramos tú y yo adherirnos a dicha hermandad. De tal guisa cumpliría en parte con mi promesa, sin dejar de proteger al afligido y castigar el delito.

    S.: (Enérgico) Pues media vuelta. ¡Ea, ea, al trote querido rucio, seamos de esa Guardia Civil!

     

    (Se oye el trotar del borriquillo)

    (Se vuelve a oír la música)

     

    D.Q.: (Espolea su caballo y gira) ¡Sea! (Alzando la voz) ¡Al galope, Rocinante!

     

    (El trotar de las cabalgaduras, la música y la luz  desparecen poco a poco, como los protagonistas hasta el silencio y la oscuridad total)

    quijote_clasico

    January 04

    EL FARO IMPASIBLE

    Ya todo cambió de tal manera que mis ojos entran en conflicto con mi memoria. Cuántos rincones se perdieron de estos hermosos parajes que conocían de mis travesuras, aventuras y pesquerías de caña, sedal y corcho. Qué placer divino era el rodar por las suaves e inmaculadas dunas de los Montes de Arena, o perderse entre las arenas doradas de gozosas y deshabitadas playas, siguiendo el sinuoso rastro de la culebra o la lagartija local. La puerta de casa, directa al mar. Al viento de levante, recogidos en el discreto patio; cuando lebeche, sentados frente al diáfano mar en la amplia terraza, con lectura en las rodillas y el sol arañando los rojos y arcillosos acantilados del Cabo de Palos cartagenero. Alguna lejana vela o barquichuelo en la lontananza cortando muy lentamente las aguas turquesas refrescadas por el persistente aire. O días de furia levantina con un mar enloquecido bramando por entre las rendijas de las ventanas. De julio a octubre, cuatro meses de niñez veraniega repleta de juegos, ilusiones e infinito compañero de juegos: el mar.

     

    En la adolescencia menguó el larguísimo periodo vacacional, pero nunca la intensidad de sus días, de cada epicúreo minuto saboreado con deleite provocador. Era fácil sentirse el rey de la creación cuando el traje de baño era la prenda más usada durante el día entero. Incluso con la piel desnuda en playas antaño solitarias.

     

    En la actualidad muchos de los recovecos en los que busqué intimidad -a veces amorosa- ya no existen. El poblado pescador casi ha desaparecido, es eminentemente turístico y las casas de veraneantes copan prácticamente todo el paisaje. Prosperidad económica para el pueblo a cambio del sacrificio paisajístico. Los barcos de los escasos pescadores ya se pierden entre las lanchas motoras y los yates. Hoy, ya en la edad madura y como visitante ocasional, la vista se topa con el recuerdo y una emoción de paraíso perdido se apodera de mi corazón. Sólo el poderoso faro parece no inmutarse.

    añosha