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Engendros Palabreros
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Espacio de Juan MediterraneusUn lugar de encuentro... CONMIGO MISMO
June 14 NO TE SULFURES...Tenía que prestar atención, los peldaños de esa vieja escalera hacia el segundo piso crujían, estaban desgastados y eran desiguales. Arrugó la nariz por el desagradable tufillo mezcla de orines de gato y aceite requemado. Frente a la puerta hizo unas cuantas muecas desentumecedoras y tensó sus músculos de piedra, a modo de precalentamiento. Para acabar y antes de llamar al timbre de la puerta C cerró los puños, sonrió y sacudió su cuerpo como un perro mojado. Aplausos de un concurso televisivo se oían levemente por el rellano. Apretó las mandíbulas, inspiró profundamente y afirmó el nudo de su corbata. Mentalmente visualizó la escena que a continuación debía desarrollarse. -Ding-Dooooong-… A los pocos segundos se entreabrió la puerta, asomando por la estrecha rendija unos ojos exageradamente agrandados tras unas grandes gafas. La mirada desconfiada lo escrutó con extrañeza tras la cadena de seguridad. La brutal patada reventó la endeble firmeza de la puerta, haciendo caer sobre sus posaderas a un desaliñado hombre en bata y zapatillas: -No has pagado los dos últimos plazos del préstamo… y eso no está nada bien…-. Se fue directo al televisor y lo levantó en volandas, como una pluma, arrancándolo del enchufe de la pared para estrellarlo violentamente contra el suelo, cerca de la cabeza del pobre inquilino que se acurrucó presa del pánico.
Entre chispas, vidrios rotos y humo, el dolorido y asustado hombrecillo buscó sin éxito sus gafas. Se incorporó con torpeza, retrocediendo tras la única silla del austero comedor, interponiéndola entre los dos a modo de barrera: -por favor…, no se sulfure, lo pagaré todo en cuanto cobre, soy maestro y he tenido problemas económicos, le prometo que…-. Sin mediar palabra el esbirro se abalanzó sobre él. A su vez el desdichado profesor agarró la silla como defensa más que como arma. No le dió tiempo de acabar el gesto.- ¿Problemas económicos?, ¡¡ yo te daré problemas económicos…!!-. Con sus grandes manazas el sicario lo atrapó por las solapas y le proporcionó una fuerte y sonora bofetada que le hizo caer de nuevo y sangrar por la nariz. Acto seguido empujó la estantería de voluminosos libros volcándola sobre el pobre hombre produciéndose un gran estrépito y desorden: -Una semana más y vendré a cobrar lo que debes y si no “cobrarás” de verdad… y de lo lindo, ja, ja, qué buen juego de palabras-. Se fué riendo, con unas gotas de sudor en la frente y en el pescuezo; dió otra patada a la mesa que saltó hacia la pared hecha pedazos.
-Cariño, ¿te apetece sopa o verdura de primer plato?-. La bestia corpulenta lee la página de sucesos, su sección favorita junto con la de los deportes, -¿eh?, ¡ah, sí!, verdura…-. Deja el diario y mirando como mandril a su magullada mujer le inquiere: -¡¡Oye!!, ¿has pagado al casero con lo que te dejé sobre la mesa?-. Ella deja la sartén y cerrando los ojos aterrorizada le contesta con la voz del miedo y del dolor: -cariño…, es que gasté una parte en unas cosillas imprescindibles para la niña, ya sé que tenemos problemas económicos, no te sulfures amor, te prometo que…-, bruscamente el matón se incorpora furioso -¿problemas económicos?, yo te daré problemas económicos…-. May 13 FLECHAS VERDESCada paso era un triunfo, una conquista. Gracias a su tenacidad, al bastón y al apoyo de su hija pudo trazar la distancia que separaba su casa del automóvil con menos esfuerzo de lo habitual. Con el motor en marcha su yerno esperaba paciente, amable y reverenciador, -¿cómo se llama?, siempre se me olvida, qué coche más grande y feo tiene-. Una mañana espléndida se proyectaba llena de sensaciones y por lo excepcional de la ocasión deseaba saborearla plenamente. Con gran esfuerzo la acomodaron en el asiento trasero. En seguida se pusieron en marcha y observó a través del vidrio cómo el mundo empezaba a deslizarse. -¡¡ Roberto !!, no… Alberto, eso es, Alberto-. Con dificultad y entornando sus lagrimosos ojos vio a la vecina Engracia caminando encorvada por la acera, ¿o era la hija? -esa había sido madre muy joven, le gustaba la “vida alegre”..., mira que dio que hablar-. El barrio empezó a quedar atrás. Cuánto había cambiado todo desde la última vez que salió para enterrar a Gustavo, su querido esposo. Las viejas casas ruinosas ahora eran edificios de tres plantas, las calles estaban repletas de tiendas de lo más extrañas y variopintas.
Qué bonito paseo le habían propuesto; estaban pasando despacito por el puente que tantas veces cruzara en calesa con su marido y la cría… La niña… casada hacía nueve años ya…, pero aún no le habían dado ningún nieto, -no sé a qué esperan estos dos…- Vio su rostro bañado por el sol reflejado en la ventana, con las sombras acentuando sus profundas arrugas, -con lo guapa que era yo-. Apretó los labios con resignación, asintiendo con la cabeza lo rápido que pasaba el tiempo… y que a ella ya poco le quedaba por vivir. Al menos el parque de la Fuente parecía seguir igual, anclado en el tiempo, lleno de espesura y verdor, de niños y mamás… -un nietecito… cuánto me gustaría tenerlo en mis brazos y llenarlo de besos…, porque un niño me gustaría más, aunque una niña…-. La calle subía hacía lo alto de la colina, desde ahí podría ver el parque y no muy lejos su hogar, esa vieja casa con solera rodeada de edificios altos dónde había sido tan feliz. -Creo que voy a tumbarme… vaya que fácil resultó la operación, y qué cómoda estoy ahora-.
El coche frenó poco a poco hasta detenerse por completo. La sacaron con suavidad por el portón trasero, no tuvo que moverse para nada, -qué amables que son estos… ¿quiénes son estos dos?, no los conozco, vaya memoria la mía-. Miró los estilizados cipreses que como flechas verdes a punto de salir disparadas apuntaban hacia un cielo cárdeno e inmaculado, -¡¡Oh, que sorpresa!!, me han traído a ver a mi malogrado Gustavo, por eso hay tantas flores, snif, qué buenos que son conmigo-. El calor y la emoción empezaban a tejer nudos en las gargantas de los presentes. Se oyó una plegaria recitada en el rincón, con intimidad, con recato. -Vaya…, ese que está de espaldas se parece a mi difunto marido… ¡¡ pero si es él !!. -. Gustavo se volvió, la miró con un mar de ternura. La abrazó con suavidad y la besó entre aroma de rosas. Dejó caer el bastón. Enlazados se alejaron en silencio, apretados el uno contra el otro, difuminando sus almas entre la fina niebla azul. A las diez de la mañana recibió cristiana sepultura.
April 25 SERPIENTES DE FUEGO -ALPHA/SELENELa temperatura rondaba los 125 grados bajo cero en la zona oscura y amenazaba con bloquear su operatividad. Elevó un punto el regulador. La minúscula pila de hidrógeno descargó un voltaje lo suficientemente elevado como para calentar el revestimiento a un nivel aceptable para trabajar con comodidad. Llevaba varias horas recogiendo muestras basálticas y fragmentos de meteoritos exóticos -para la ya muy abultada colección- y había llegado al tope de carga. Así que decidió volver a casa; aún le quedaba la fase analítica y clasificatoria del material recolectado y esa labor le podía entretener más de lo debido. También necesitaba hacer algunas reparaciones básicas de mantenimiento que no podían esperar más, si quería seguir disponiendo de la indispensable autonomía.
El laboratorio-refugio, en la zona bañada tangencialmente por el sol, constaba de dos cúpulas semiesféricas acristaladas de grueso vidrio tintado, unidas por un pasillo a modo de cordón umbilical. Ocho niveles más por debajo de la superficie hacían a la vez de almacén, depósito y laboratorio. El espacio gigantesco que se había construido 352 años antes empezaba a quedarse pequeño. Por primera vez se planteó el conflicto que supondría para el programa desempeñar sus funciones de investigación geológica cuando el almacén estuviera repleto. Tras cumplir con sus acostumbradas obligaciones llevó a cabo una rutinaria comprobación de seguridad a todos los sistemas que le mantenían activo en aquel medio tan hostil. Todo estaba en orden.
Un vistazo al inmenso firmamento le dejó una melancólica y amarga impresión de soledad, con la mente en suspenso. Sentado en la sala, a salvo del terrible calor del exterior, observó con una curiosidad impropia el espacio infinito y profundo que todo lo rodeaba, como un manto negro de muerte y vida. Le sacudió una extraña sensación de paradoja. Apuntó la vista hacia la Tierra. Ésta, pese a haber transcurrido tanto tiempo seguía iluminando la Luna, ardiendo como tea, en cadena irrefrenable de gigantescos incendios y destructoras explosiones. Observó absorto cómo esos gusanos de luz rojiza, antaño azul, dibujaban extrañas serpientes de fuego en la gran cúpula de cristal… Jornada tras jornada, año tras año, Hubot V.125 -engendro de cables y circuitos- seguía cumpliendo escrupulosamente las complejas funciones para las que fue diseñado hacía siglos. Auscultó mecánicamente su pulsante y duro corazón de titanio y carbono, sin acabar de determinar si esa acción era fruto del programa grabado en su memoria o un gesto propio de libre albedrío. Su primera pregunta filosófica emergió como un germen de auténtica e incipiente vida: "¿quíén soy?"... March 01 VIRUTAS DE HUMOEl aroma penetrante y seco de la madera y de los barnices inundó sus castigados pulmones. Encendió un pitillo en la semioscuridad del taller. La llama del mechero se reflejó danzarina en sus glaucos ojos, iluminando unas uñas amarillentas de muchos años de tabaco sin filtro. Dio una calada que le llegó al tuétano y activó el diferencial tras unas cuantas toses bronquíticas y espasmódicas que le oprimieron el pecho. Se encendieron los zumbadores fluorescentes y comenzó a girar lentamente el viejo ventilador del techo. De la radio empezó a fluir como un hilillo invisible una suave y protocolaria música de género clásico. Todo estaba como lo había dejado ayer. Ya sentía la llamada de los tablones con los que estaba trabajando, requiriendo su destreza artesanal. Se acercó al banco principal de trabajo arrastrando los pies, abriendo caminos de virutas esparcidas por el suelo. Deslizó sus manos sobre la delicada y brillante superficie barnizada -hasta con seis capas- con el mismo cariño con que solía acariciar su viejo gato. Sabía que había alcanzado la perfección y advirtió, dando una calada, la mezcla de gozo y felicidad que le proporcionaba el saber que pese a sus años seguía dominando su arte con absoluta maestría.
Pasó parte de la mañana acompañado por Vivaldi, ensamblando la noble madera, concentrado en hacer desaparecer las juntas con la técnica que heredó de su padre, y éste del abuelo Eduardo. Iba a encender otro pitillo cuando un leve mareo le provocó una líquida náusea. Buscó con la mirada contrariada los tarros de barniz y disolventes para comprobar que estaban todos cerrados y no emanaban vapores nocivos. Encendió su cigarrillo y sonrió cuando se dio cuenta de que el humo del tabaco también producía rizos en el aire, como volutas de madera etéreas…Sin darle más importancia continuó su esmerada labor sin dejar de controlar de reojo el redondo y polvoriento gran reloj que como rey absoluto dominaba desde las alturas todo el sombrío taller. Aún le quedaban cuatro horas antes de la entrega del encargo.
Serían las siete y media de la tarde y aún seguía absorto en colocar los dorados herrajes y el forrado interior. Realmente el encargo extremadamente urgente había progresado durante el día gracias a dos paquetes de tabaco, ahora convertidos en apestosas colillas amontonadas y rebosantes en el roñoso cenicero de la mesita, junto al teléfono. Encendió el último cigarrillo de la cajetilla y sonaron tres golpes secos en la puerta del taller. Volvió a mirar el reloj y se dio cuenta que justo había acabado el trabajo. Cansado pero satisfecho abrió envuelto por virutas de humo la puerta de la calle. Una figura de fantasmagórico aspecto le espetó: - ¿Tiene acabado el trabajo que le encargué? - No lo dude señor, soy el mejor… Nunca me habían encargado un “mueble” tan extraño y especial, ¿quién será el propietario del ataúd? La macilenta figura de sardónica sonrisa elevó la mirada de ojos huecos y poniéndole ambas manos en los hombros respondió al ebanista antes de que cayera fulminado: -El ataúd es para ti… Mientras, Mozart iba envolviendo pesadamente la estancia con su solemne Réquiem. January 24 DE LO QUE PLATICARON DON QUIJOTE Y SU ESCUDERO SANCHO SOBRE SU FUTURO PASTORIL Y LA SABIA RESOLUCIÓN QUE TOMARON(Una cenital y potente luz solar enfoca el centro de la escena) (Suena una suave música de corte medieval, unos trinos de pajarillo y unos pasos lentos de dos cabalgaduras a diferente ritmo) (Aparecen por un polvoriento camino don Quijote sobre su caballo y su escudero Sancho sobre su jumento) (La música se mantiene suavizando su volumen)
Don Quijote: (Inspira con fuerza) ¡Válgame Dios, qué vida nos vamos a dar, Sancho amigo!. Sancho: (Entusiasmado) ¡Pardiez, que me gusta tal género de vida!. ¿Y cree, vuestra merced, que en cambiando tan bruscamente de manera de vivir nos acomodaremos a tan sosegada vida, entre balidos de ovejas y cantos pajariles? D.Q.: Has de saber, mi fiel escudero, que dicha nueva actividad estará repleta de aventuras: tan pronto seremos acosados por el nocturno y silvestre lobo, ladrón natural del rebaño, como deberemos atender primaverales deseos de alguna agreste y enamoradiza rapaza. S.: ¡Voto a tal que la primera parte me acobarda!, pues el temible lobo es de natural ladino y engañoso y nunca viene solo, aunque puestos a cavilar, lo mismo igual que las muchachas que nos aguardan en cercanas aventuras amorosas. D.Q.: Cuenta además, querido Sancho, que ya no serás más mi escudero, pues obligado me veo tras mi inapelable y dolorosas derrota en las playas de Barcelona a dejar mi noble oficio, lo que significa que seremos pastores, con trato de igual a igual…
(Se detiene totalmente la música) (Se oye un tábano que viene, va y se aleja)
S.: Pero mi señor, vuestra merced hidalgo es, y pretender que yo sea lo mesmo, según mi corto entendimiento y menguada inteligencia, es como dar cornadas al aire. D.Q.: (Con indulgencia pero con autoridad). No has de preocuparte, Sancho, que yo procuraré dar lustre y acrecentar tu escasa cultura sin dar el motete. Seré tu maestro durante este año que el Caballero de la Blanca Luna me obliga, según mi promesa de retiro del muy noble y apreciado oficio mío. S.: Muy dura es mi mollera, pero acierto a comprender que más valen lobos, ovejas y zagalas, que palos en las costillas, azotes en las posaderas y pedradas en las quijadas, señor.
(Siguen escuchándose suaves trinos de pajarillos silvestres)
D.Q.: (Oteando el horizonte) No te olvides, compañero de aventuras y fatigas, en ir dándote algún que otro azote, que largo se me hace el encantamiento de mi señora Dulcinea, pues no te veo inclinación a resolver prontamente el asunto. S.: No tenga fatiga, que cumpliré mi doloroso compromiso, así como vuesa merced dará cumplida cuenta al suyo con los dineros que me han de sanar mejor que ese condenado bálsamo de Perabás. D.Q.: (Ceñudo) Fierabrás, ignorante, Fierabrás. No dudes de que te recompensaré por tu valeroso sacrificio, según soy yo caballero de palabra. S.: ¡Amén! D.Q.: Deberemos además cumplir, como pastores que seremos, en tañer rabeles y laúdes, en componer y cantar canciones gozosas y serranillas amorosas para poner marco conveniente según nos sea el día para uno u otro menester. S.: (Sonriente) Paréceme mi amo –que aún lo es- que para eso de pañer enstrumentos yo no sirvo si no es para machacar el arte musical y que sería más de provecho inventando algún chascarrillo. D.Q.: No te preocupes, querido Sancho, que conozco bien el ritmo de tus ronquidos y el son ruidoso cuando degustas de la bota de vino. S.: En pensándolo bien, mi señor, poca alegría le hará a mi Teresa Panza que rezongue con mozas montaraces, que en seguida huele a cabra joven entre ovejas del rebaño y vuesa merced ha de recordar la fidelidad que le debe a la señora de sus sueños… D.Q.: ¡Qué nobleza de espíritu el tuyo!. Haces bien en recordarme lo que mi mente en ocasiones enturbia y confunde. Aquí me das gran lección, Sancho amigo.
(Vuelve a sonar persistente el vuelo del tábano, que va y viene)
S.: Es pues que el oficio que nos proponemos puede ser aburrido y monótono, ¡como esta moscarda que nos acosa, pardiez! (Da manotazos al aire)
(Se aleja el vuelo del moscardón hasta desaparecer) (Las dos cabalgaduras se detienen una junto a la otra; silencio total)
D.Q.: (Contrariado) Tal vez incluso sea peligroso volver a nuestra aldea, quizá la Santa Hermandad busque cuentas conmigo por liberar a los desgraciados galeotes… S.: Y que nos muelan a palos, muy a su sabor. D.Q.: A mi parecer, mi buen Sancho, estos señores de la Santa Hermandad también son de noble oficio, pues aplican la justicia, desfacen tuertos y socorren a los menesterosos, tan en medida como caballero andante que he sido o como gobernador de la ínsula Barataria que tú fuiste, Sancho. S.: ¡Buen oficio, pues! D.Q.: Acabáseme de ocurrir que si la justicia de esta civil guardia así nos lo consiente, pudiéramos tú y yo adherirnos a dicha hermandad. De tal guisa cumpliría en parte con mi promesa, sin dejar de proteger al afligido y castigar el delito. S.: (Enérgico) Pues media vuelta. ¡Ea, ea, al trote querido rucio, seamos de esa Guardia Civil!
(Se oye el trotar del borriquillo) (Se vuelve a oír la música)
D.Q.: (Espolea su caballo y gira) ¡Sea! (Alzando la voz) ¡Al galope, Rocinante!
(El trotar de las cabalgaduras, la música y la luz desparecen poco a poco, como los protagonistas hasta el silencio y la oscuridad total) January 04 EL FARO IMPASIBLEYa todo cambió de tal manera que mis ojos entran en conflicto con mi memoria. Cuántos rincones se perdieron de estos hermosos parajes que conocían de mis travesuras, aventuras y pesquerías de caña, sedal y corcho. Qué placer divino era el rodar por las suaves e inmaculadas dunas de los Montes de Arena, o perderse entre las arenas doradas de gozosas y deshabitadas playas, siguiendo el sinuoso rastro de la culebra o la lagartija local. La puerta de casa, directa al mar. Al viento de levante, recogidos en el discreto patio; cuando lebeche, sentados frente al diáfano mar en la amplia terraza, con lectura en las rodillas y el sol arañando los rojos y arcillosos acantilados del Cabo de Palos cartagenero. Alguna lejana vela o barquichuelo en la lontananza cortando muy lentamente las aguas turquesas refrescadas por el persistente aire. O días de furia levantina con un mar enloquecido bramando por entre las rendijas de las ventanas. De julio a octubre, cuatro meses de niñez veraniega repleta de juegos, ilusiones e infinito compañero de juegos: el mar.
En la adolescencia menguó el larguísimo periodo vacacional, pero nunca la intensidad de sus días, de cada epicúreo minuto saboreado con deleite provocador. Era fácil sentirse el rey de la creación cuando el traje de baño era la prenda más usada durante el día entero. Incluso con la piel desnuda en playas antaño solitarias.
En la actualidad muchos de los recovecos en los que busqué intimidad -a veces amorosa- ya no existen. El poblado pescador casi ha desaparecido, es eminentemente turístico y las casas de veraneantes copan prácticamente todo el paisaje. Prosperidad económica para el pueblo a cambio del sacrificio paisajístico. Los barcos de los escasos pescadores ya se pierden entre las lanchas motoras y los yates. Hoy, ya en la edad madura y como visitante ocasional, la vista se topa con el recuerdo y una emoción de paraíso perdido se apodera de mi corazón. Sólo el poderoso faro parece no inmutarse. December 15 EL CONDUCTOR NOVATOSintió cierta desazón al sentarse al volante de su coche aparcado. El ruido ensordecedor le impedía pensar con claridad pero ya se mostraba ansioso e impaciente por incorporarse a la endiablada circulación. En ese momento una conductora con la cara desencajada pasó rozándole. Una mezcla de miedo y emocionante expectación le empezó a manar desde el estómago hacia la boca.
Aprovechando un hueco dio un acelerón y se sumó a la caótica circulación. El corazón parecía que iba a salírsele del pecho, latiendo con brutalidad. Intentó relajarse con profundas y sostenidas inspiraciones. Pero el pulso seguía acelerándose. Por fin ya estaba en movimiento. Los vehículos junto a él se desplazaban con velocidad, amenazadores. Dos conductores en persecución casi le cortaron el paso; redujo su velocidad. Viró bruscamente a la izquierda y pasó entre dos coches que lo miraron asombrados. Había realizado una arriesgada maniobra. Pero un auto le embistió por detrás generando un gran estrépito y dándose posteriormente a la fuga, el muy cobarde…
Giró la mirada para comprobar en qué situación se encontraba. Se había detenido y la circulación parecía un enjambre de avispas. Notó que el mareo le volvía a subir calentándole las orejas. Quiso dar media vuelta pero le cortaron el paso por enésima vez. De improviso encontró un espacio amplio que no podía desaprovechar, aceleró y dio la vuelta en redondo. Inopinadamente un coche se le interpuso y avanzó directo, frontalmente contra él. El miedo le inundó, se aferró al volante. El choque fue tremendo pero salió ileso. Una poderosa sirena se sobrepuso a la música y le devolvió a la realidad. Todo se detuvo. Se apeó como la mayoría y se dirigió corriendo a su mamá para que le diera una ficha más para los autos de choque de la feria de su pueblo.
December 07 EL PAÑUELO DE SEDAEl andén de la estación del ferrocarril rebosaba bullicio y actividad. Un grupo de jóvenes, apoyados sobre sus mochilas y desparramados por el suelo, esperaban con una guitarra risueños y joviales el momento de embarcar hacia su destino. Un par de sonrosadas monjitas de ondulantes hábitos mataban el tiempo paseando ajenas al trajín con la mirada recatada y fija en el suelo. Ir y venir de mozos con maletas, viajeros y familiares de conmovedora despedida. Sintió entonces un mordisco en las tripas. No había probado bocado hacía dieciséis horas. Llevando una mano al estómago intentó aplacarlo con un suave masaje. Miró su billete y sintió que algo le rozaba la espalda justo al subir al tren, como una sombra de espesa tela negra.
A punto de dar las diez de la mañana y sentada en su vagón miró con desazón a través de la ventana cómo los excursionistas daban cuenta de sus nutridos bocadillos. Tragó saliva y notó que alguien se sentaba a su derecha. Pero sólo giró el rostro cuando un hombre se sentó delante de ella. Era muy alto, de tez pálida y pómulos prominentes. Llevaba unas gafas pequeñas y obscuras. El pelo era largo y canoso. Con una extraña sonrisa de finos labios la saludó en un elegante gesto de cabeza. Vestía un inusual y largo gabán negro. De su bolsillo delantero, en el pecho, sobresalía un blanco pañuelo de seda bordado con unas iniciales de color azul que no pudo descifrar. El tren arrancó con una brusca sacudida. Ya eran seis silenciosos pasajeros en el compartimiento. Junto a ella se había sentado una anciana con una cesta y una gallina.
Por la tarde, al despertar de su amodorramiento, vio que todos dormitaban y se movían al unísono del traqueteo monótono. Entonces vio el huevo. La gallina había puesto uno y estaba al alcance de su mano. Lo tomó sigilosa y disimuladamente. Lo perforó rápidamente con el alfiler de su solapa y lo bebió con hambrienta delicia. Calmada parcialmente su ansia no se despertó hasta que un chirriante frenazo detuvo el tren. De noche, ya en el andén de una estación fría y solitaria, se percató de que en su bolsillo derecho había un bulto extraño. Lo tomó en sus manos. Al abrir el pañuelo de seda encontró un puñado de billetes y monedas. También un papel con dos palabras: “Buen provecho”.
November 26 MELODÍA DE VOZEl eremita, descalzo y semidesnudo, apenas cubierto con un taparrabos recogía semillas y bayas por los alrededores de su cueva, junto al mar. Unos largos y descoloridos cabellos caían escasos y desordenados por los costados del cráneo. La barba amarillenta y desmedidamente larga le daba cierto aire de ayatolá chiflado. Todo ello en consonancia con una mirada entre pícara e infantil. Poco hacía que su locura lo había empujado a vivir en tan miserables condiciones, como un huesudo neocavernícola, a pocos kilómetros del poblado costero.
Temprano por la mañana, nada más notar que el incipiente sol bañaba sus esqueléticas piernas en su propio camastro –una raída manta sobre unas cañas- se levantaba como impulsado por un resorte. Masticaba cuatro hierbajos o algún proteico insecto capturado a la luz de la pasada luna. Acto seguido se sentaba en cuclillas con las manos entrelazadas frente al inmenso mar, frente al emergente y tibio sol, con su fría y oscura cueva a la espalda. Oteando el horizonte con mirada escrutadora, balbuceaba lo que podría ser un extraño o incomprensible poema: “…el mar… el cielo… ya no escucho… sus ojos… melodía de voz…”
Una infausta tarde de noviembre, vecinos de la localidad cercana, temerosos de tan extraño y extravagante individuo lo acorralaron y apedrearon en su propia cueva al grito de: “ ¡¡ Es un espíritu…, parece peligroso…, está loco…, nuestros hijos peligran… es un ladrón… es extranjero… !! ”. Mientras el pobre chalado intentaba protegerse la cabeza con sus escuálidos brazos, mascullaba: “…el mar …el cielo… ya no escucho… sus ojos… melodía de voz…”. La gruta fue su tumba. Con grandes pedruscos sellaron la boca de la cueva, enmudeciéndola para siempre. Años después niños del pueblecito marinero cantaban en sus juegos un singular poema que el rumor de las olas y el viento de levante trajo no se sabe cuándo, de origen no aprendido: “…el mar… el cielo… ya no escucho… sus ojos… melodía de voz…”.
November 24 JUEGOS DE GUERRALloviznaba, y sintió un dolor insoportable en la pierna izquierda… Sólo era un niño, ¿cuántos años tendría, once, doce…?. Sin embargo, al apoyarse sobre sus manos y ladear la cabeza allí estaba, fumando, en medio de la calle del destartalado pueblo, con los mocos colgando, con unas grandes botas negras y apuntándole a la cabeza con un humeante kalashnikov. Vestido con un uniforme militar arremangado, sucio, remendado y demasiado grande para un cuerpo a medio desarrollar. El pelo negro pegado a la frente y la cara repleta de surcos -mezcla de cicatrices y chorretones de suciedad- le daban un aspecto feroz impropio en un niño.
Resultaba extraño, sobresaliendo con un brillo vidrioso sus grandes e inquisitivos ojos oscuros, cargados de obscena muerte, se le clavaban como saetas al fondo de la retina. El viejo hizo ademán de incorporarse. En su enloquecida huida había caído sobre un charco de barro. Con una pierna inútil y con las rodillas hincadas en el fango, aún sin haberse incorporado totalmente, vio de soslayo un cegador rayo de luz . A la vez, otro tremendo estampido le sobresaltó el corazón y el estómago.
De costado, con la cara medio sumergida, entrando agua sucia por la boca entreabierta y manando sangre por la sien, pudo apreciar en un último suspiro como unas manos menudas hurgaban entre sus bolsillos, un segundo antes de penetrar en la más absoluta negritud, en el más aterrador y definitivo silencio.
(Entre 300.000 y 500.000 menores combaten en conflictos armados)
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